Primavera, Rosh Hashaná y Iom Kipur


 Llega la primavera y las buenas temperaturas, el sol, las flores… Es tiempo de esperanza, alegría y felicidad.

Si se nos da por mirar el calendario, veremos que el mes de marzo, coincidiendo con el equinoccio de primavera del hemisferio norte, está cargado de festividades. Lo mismo ocurre con nuestra primavera austral, en el mes de septiembre.

Nos encontramos así, ante festividades cuyos orígenes se remontan a tiempos inmemoriales y que cuentan con un sinfín de manifestaciones.
En estas fechas se celebraba la fertilidad de la tierra, tras el duro y oscuro invierno, la naturaleza se renueva gracias a la lluvia y a los rayos de sol, que hacen que de la tierra vuelva a brotar vida.

Una de las celebraciones más antiguas conocidas, con casi 5000 años, es la egipcia “Sham el Nessim”. En las orillas del Nilo se festejaba el inicio de la temporada de la cosecha con una serie de jornadas de bailes, comidas y cánticos.
Por otra parte, en la Grecia clásica, el inicio de la primavera se convertía en el mito de Perséfone. Tras ser raptada por Hades y confinada al Inframundo, Deméter, su madre y diosa de las cosechas, paralizó toda la vida vegetal en la Tierra. No sería hasta el regreso de su querida hija al Olimpo cuando Deméter, llena de felicidad, volvería a permitir el nacimiento de las flores y de los productos de la tierra.

Los romanos contaban con varias fechas para celebrar los mitos vinculados al final del invierno y el arranque de la primavera. El 14 de marzo, durante la “Mamuralia”, un hombre cubierto de pieles, que representaba al “Demonio del Invierno”, era azotado hasta ser expulsado de la ciudad. Esto simbolizaba el final de la estación fría y el renacer de la vegetación. Desde el 22 hasta el 27 se celebraban las fiestas en honor a Cibeles y a su amante Atis. Según la mitología, este hombre-dios murió y resucitó al igual que cuando las semillas caen en la tierra “mueren” y “resucitan” al dar los frutos. Durante estas jornadas se sucedían momentos de devoción y “dolor” ante el fallecimiento de Atis y estallidos de júbilo por su resurrección.

Hay que entender que según la mentalidad de la época, la creencia en estos mitos alrededor de las divinidades que protegían y favorecían los campos suponía el éxito o el fracaso de las cosechas. La prosperidad de las ciudades dependía en buena parte de esto. Todas las urbes contaban con templos o santuarios en su honor.

También, en nuestro hemisferio está la del Año Nuevo Judío y diez después el Día del Perdón, que coinciden con la renovación de la tierra y el brote de sus frutos ante un sol cálido junto a la belleza inigualable de las flores en su esplendor.

El toque del shofar y sus vibraciones son para nosotros, sinónimo de primavera en el alma en la que la batuta de Dios recomienza la sinfonía de la esperanza para que seamos mejores personas en este nuevo año que se inicia 

Martha Wolff

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